Correr con un objetivo
Servicios comunitarios capuchinos
Por Fr. José María Vera OFM Cap.
En su carta a los Corintios, el apóstol compara la vida cristiana con una carrera que requiere determinación, autodisciplina y perseverancia. Su énfasis no está en competir con los demás, sino en vivir de tal manera que se alcance la meta: la vida eterna con Dios. Es, sin duda, una analogía propia de un atleta; aunque, por supuesto, el apóstol Pablo no lo era. Lo cierto es que su carta hace mucho hincapié en la autodisciplina y la perseverancia. Hace ya algunos años que empecé a correr, y si hay algo que he aprendido es que correr un maratón requiere mucha autodisciplina y perseverancia; entrenar una y otra vez, incluso cuando no hay motivación. Al principio, empecé a correr porque descubrí muchos beneficios físicos y mentales. Con el tiempo, me di cuenta de que simplemente competir, y saber que mi cuerpo era capaz de correr durante varias horas, ya era una victoria para mí.
Aunque había oído que muchos corredores suelen correr para procesar el estrés laboral o escolar, para mí correr era simplemente una actividad que disfrutaba porque me daba energía, y me encantaba experimentar el conocido "subidón del corredor". Más allá de eso, nunca había relacionado el correr con mi vocación de fraile capuchino. No fue hasta 2021, cuando corrí mi primer maratón, el de Chicago, que algo cambió. Durante esa carrera, vi a dos personas delante de mí cogidas de la mano. No entendí por qué hasta que pasé a su lado y me giré para decirles: "¡Buen trabajo!". Cuando les miré, me di cuenta de que el hombre más joven era discapacitado visual. Entonces me di cuenta de que el hombre mayor le estaba guiando. Ese momento se me quedó grabado
Terminé la carrera con una profunda sensación de satisfacción, no sólo por haber completado 26,2 millas, sino porque el viaje había estado impregnado de significado. No fue hasta unos días después, mientras rezaba, que la imagen de aquellos dos hombres cogidos de la mano volvió a mi mente. No había pensado mucho en ello durante la carrera, pero en ese momento de tranquilidad, cobró vida y significado. Al reflexionar, vi con qué claridad simbolizaba la vida de fe: todos necesitamos que nos guíen, y todos necesitamos guiar a los demás. Al igual que aquel joven confiaba en su compañero, nosotros confiamos en el Dios Trino y, a su vez, estamos llamados a caminar junto a los que luchan, como las personas sin hogar a las que servimos en Milwaukee. Ese es el corazón de nuestra vocación como franciscanos capuchinos, caminar junto a los marginados y los que están en la periferia, como San Francisco hizo una vez con el leproso.
El domingo pasado, tuve la bendición de correr junto a otros tres hermanos capuchinos y un amigo de Italia. Juntos llevábamos camisetas con un mensaje muy cercano a nuestros corazones, citas que concienciaban sobre la falta de vivienda en Milwaukee y destacaban la urgente necesidad de seguir apoyando los ministerios capuchinos que sirven a nuestros hermanos y hermanas en el área de Milwaukee. Esta vez, no se trataba sólo de terminar una carrera; se trataba de hacer que cada paso contara para algo más grande. Correr con un propósito dio a la experiencia un nuevo tipo de peso. No nos limitábamos a hacer kilómetros, sino que dábamos testimonio. Nuestra presencia, nuestras camisetas y nuestro esfuerzo se convirtieron en un pequeño pero significativo acto de solidaridad con quienes viven cada día sin cobijo, seguridad ni apoyo. Era una forma de decir: se os ve y no se os olvida. Aquel momento de 2021 me enseñó algo que ningún plan de entrenamiento podría: no estamos hechos para correr solos esta carrera. Al igual que aquel joven necesitaba un guía para recorrer el camino, nosotros también necesitamos a alguien que nos guíe, sobre todo cuando el camino se hace largo y el sendero poco claro. Y lo mejor es que no corremos esta carrera solos; Cristo la corre con nosotros. Él está a nuestro lado, detrás de nosotros, y a veces nos lleva. Pero más que eso, Él nos llama a ser compañeros de otros a lo largo del camino.
Se nos invita a tender la mano a quienes luchan por seguir adelante; a quienes están agobiados económica, espiritual o emocionalmente; y a ayudarles a seguir adelante. Ya sea a través de la oración, el aliento, la ayuda directa o simplemente mostrándonos con amor, nos convertimos en parte de la presencia que guía a Cristo en sus vidas. La vida cristiana no consiste en llegar rápido a la meta, sino en saber a quién llevamos con nosotros. Y cuando ponemos nuestra confianza en Cristo, cuando dejamos que Él nos tome de la mano y también ofrezca la nuestra a los demás, descubrimos que cada milla, cada dificultad, cada momento de duda se convierte en parte de un viaje, uno que no sólo conduce a una medalla, sino a la vida eterna. Esa es la carrera que merece la pena correr.
~Br. José
